El libro de los amores ridículos – Milan Kundera

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Más que una novela es un conjunto de relatos que giran en torno al tema del amor, aunque un amor muy distante del concepto idílico que tenemos cuando hablamos de ello. No encontraremos en este libro historias rosas ni amores eternos y hermosos; nos daremos de bruces con la realidad, que no es tan bonita como la de los cuentos de hadas, pero que es mucho más tangible.

Nuevamente encontramos el libro dividido en siete partes. Cada una de ellas es un relato, una historia en sí misma independiente de las demás, a excepción de dos historias que comparten un personaje, pero que salvando esta diferencia respecto a las otras cinco, son historias independientes entre sí. Cada parte desarrolla personajes peculiares, comunes y más bien amargos, personajes que viven una vida que en algún momento les sobrepasa y que viven el amor de un modo vulgar, mundano y en ocasiones resentido, triste y resignado.

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También encontramos personajes que se enfrentan a batallas personales, muchas de ellas referidas al inevitable avance del tiempo y la mella que deja en las personas cuando sus huellas se reflejan en el espejo. En esos instantes salen reflexiones entre las líneas que van relacionadas directamente con la razón de ser de las personas y su fin en el mundo.

Kundera se detiene nuevamente en dichos aspectos (el amor y la pérdida de la juventud) como hace en otros de sus libros. Son temáticas recurrentes en sus escritos. Sus letras dejan desazón en el cuerpo pues nos muestra una cotidianeidad que normalmente preferimos no ver; nos presenta el amor como una ilusión, un arma para manipular y también como una medida de afirmación de la relevancia de una persona en el mundo. Nos presenta también la necesidad de reconocimiento y la apreciación de la belleza como una carga que mina al ser humano.

En la medida que envejecemos nos desvanecemos hasta ser invisibles; es ahí cuando morimos, no cuando el cuerpo se extingue. Eso es lo que parece poder leerse entre líneas en muchas de las historias de este libro. La pérdida de uno mismo al desaparecer para los demás es una tragedia a la que los personajes se enfrentan cada uno a su modo. Para los personajes masculinos dicha pérdida se manifiesta en la ausencia de control sobre las situaciones, sobre todo en las que a mujeres se refiere. Para los personajes femeninos la lucha está siempre presente al necesitar verse deseable ante los ojos de un hombre. Ellos se tornan irritables y malhumorados al enfrentarse a la frustración y ellas a veces grotescas, a veces resignadas, e incluso en ciertos instantes agradecidas cuando unos ojos masculinos se posan en ellas.

Kundera nos muestra personajes que podríamos cruzarnos en la calle, cada uno con sus fachadas y sus defensas y nos hace mirar más allá de esas murallas individuales para mostrarnos una porción de la naturaleza humana en toda su plenitud e imperfección. Eso es lo que hace de sus libros piezas que vale la pena leer, pues dentro de toda esa marabunta de defectos y melancolías, sus personajes siguen andando y llegan a aprender a llevarse bien con ellos mismos; nada distinto a lo que hacemos nosotros en el día a día.

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Si buscáis finales felices, éste no es el libro a leer. Los relatos tienen simplemente finales; luego nuestra propia reflexión puede darles un cariz más o menos triste, frustrante, alegre o incluso aburrido, pero no son más que finales corrientes para historias corrientes tratadas desde el prisma de la buena literatura y cargadas de momentos en los que vale la pena detenerse a pensar. Y como en otros libros suyos, los personajes de Kundera pueden despertar muy diversas sensaciones en el lector, dependiendo como siempre de lo que cada uno ponga de sí en el momento de la lectura, pero no son los típicos personajes donde está claramente definido quien será el héroe y el villano.

Una vez más, como en la vida real, aquí no hay buenos ni malos, sólo un puñado de personajes-personas que caminan con ellos mismos a cuestas y que nos son presentados no para que les juzguemos, sino para que les conozcamos, y a partir de ellos podamos reflexionar sobre nuestras propias realidades y sobre nuestra percepción del mundo.

Yo he quedado una vez más satisfecha con la lectura. Sin embargo debo reconocer que éste no es el libro de Kundera que más me ha gustado, quizá porque al ser cortas las historias no he podido profundizar como me habría gustado en cada personaje, pero no por ello deja de ser para mí un libro que vale la pena leer, por lo que no dejo de recomendarlo. Además la lectura es muy ligera, y al tratarse de historias cortas y distintas entre sí, puede ser un libro para leer en varias tandas, incluso para intercalar entre lecturas más densas.

Un libro que invita a la reflexión y no deja indiferente al lector siempre valdrá la pena leerlo.

A.

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Estrella

Llovía.

Aquella era una noche cerrada y oscura, una cortina de agua enmarcaba cada ventana de aquella habitación. La tormenta había hecho saltar un transformador y el pueblo había quedado sin luz. Hacía frio, un frío húmedo que calaba los huesos más allá de lo habitual.

La vieja estaba sentada en una antigua mecedora que se balanceaba, dejando resonar un traqueteo que rechinaba en todo el lugar. Por momentos era el único ruido que se escuchaba. Su mente se había ido hacía ya algunos meses y solía pasar el día en aquella silla, balanceándose incansablemente, deteniéndose sólo para satisfacer sus necesidades más básicas, muchas veces animada por alguno de los hijos, en esas ocasiones en las que su mente no la alertaba del hambre o de la sed. Aquella vieja podía pasar días enteros meciéndose a un ritmo unísono en aquella desvencijada silla, hasta el punto en el que la costumbre hacía pasar su traqueteo completamente desapercibido por los habitantes de la casa.

Aquella noche la vieja estaba sola. La joven que solía pasar las tardes con ella no estaba sentada en el sillón que acompañaba a la vieja mecedora en aquella peculiar estancia. El libro que solía vestir sus manos estaba reposando dulcemente sobre la mesita, alumbrado con la luz tenue de una vela cuya llama serpenteante daba luz al lugar. La joven solía sentarse allí durante horas, también desde hacía algunos meses, y acompañaba a la vieja arropándola con su voz y con las historias que descubría día a día en sus libros. La joven parecía incansable cada vez que una obra llegaba a sus manos, y siempre leía en voz alta, para llenar la mente de la vieja con palabras hermosas y personajes variopintos que formaban parte de las más curiosas historias y que alimentaban la mente de la vieja, que parecía vaciarse poco a poco, gota a gota, a medida que los meses pasaban.

La joven estaba convencida de que dentro de su ensoñación, la vieja la escuchaba plácidamente. La expresión serena de su rostro le transmitía una calma inusitada, parecía que al detenerse la joven en su lectura, los ojos de la vieja se apagaban un poco, como si vaticinara la llegada de la noche y de la oscuridad y sintiera miedo de no poder escuchar su voz un día más.

Las noches eran duras para ambas. La joven se levantaba de su sillón, cada vez con mayor dificultad, y se acercaba a la vieja, que sólo se dejaba manipular por ella. Cada noche se repetía el ritual, la joven se acercaba pausadamente a la mecedora y sus manos se posaban en el rostro de la vieja, acariciando suavemente aquel rostro pálido, lleno de arrugas y marcas que el tiempo había dibujado, para dejar constancia de la experiencia adquirida a lo largo de una vida dura, avocada a sus hijos y a sacar a su familia adelante trabajando incansablemente el campo, con unas manos ahora más rígidas y huesudas, pero profundamente cálidas y de un tacto suave, que la joven tomaba con delicadeza para ayudarla a incorporarse de la silla y conducirla paso a paso a su dormitorio, que había pertenecido a sus padres y a sus abuelos y cuya cama estaba siempre cubierta por sábanas de lino blanco, conservadas con mimo a lo largo de tres generaciones y reservadas exclusivamente para adornar su lecho.

Pero aquella noche la vieja estaba sola. Nadie leía para ella y nadie la acompañaría a su dormitorio. Su cuerpo reposaba en la mecedora plácidamente y su mirada que parecía perdida y vacía, permanecía fija en aquel libro que extrañaba el tacto de unas manos que nunca faltaban a una cita. En aquella ausencia vívida de la vieja, las historias que permanecían encerradas en aquel libro parecían luchar por salir, pero la cubierta cerrada y la ausencia de la voz de la joven presagiaban un encierro indefinido.

Un grito. Un profundo y desgarrador grito asoló la casa y retumbó en el pueblo que seguía a oscuras. Algunas puertas sonaron y algunas personas empezaron a revolotear alrededor la casa de la vieja. Aquella noche la familia estaba de camino, pero la tormenta había causado estragos en la carretera y había imposibilitado el acceso al pueblo. La lluvia seguía azotando cada estancia, traqueteaba en las puertas y golpeaba las ventanas dejando un ruido musical. Pero el grito no se opacaba, había bañado la estancia con tal fuerza que era imposible evitar un sobresalto en el corazón.

La vieja seguía sentada en la mecedora. Parecía sorda ante el estruendo. Más gritos de dolor se esparcían por aquella casa y ella permanecía estática, inmóvil y con la mirada perdida en aquel libro. La joven no estaba, pero su voz seguía bañándolo todo, aquellos gritos desgarradores tamizados entre las gotas de lluvia se colaban por las rendijas y se clavaban en el alma. Pero la vieja permanecía calmada, parecía preparada para aquella retahíla de sonidos guturales y desalmados, parecía inmutable ante aquel espectáculo que presagiaba sangre y dolor.

La joven no estaba. No podía cogerle la mano ni llevarla a dormir. En su lugar el sillón vacío y los gritos en la casa marcaban un ritmo diferente aquella noche.

La puerta de la casa se abrió con un golpe seco. Un hombre fornido la había forzado tras vanos intentos de que alguien la abriera para dejarle paso. Con él, una mujer de mediana edad entraba y se dirigía al lugar de donde procedían los gritos, para intentar aplacar el dolor y hacer más llevadero el sufrimiento a la joven. Al llegar encontraron a la joven en el suelo intentando incorporarse sin éxito, con los ojos desorbitados y suplicantes. El hombre la cogió en brazos como si de una pluma se tratase y la depositó en la cama de la vieja, sobre aquellas sábanas de lino, y se quedó mirándola con condescendencia, para luego retirarse de la estancia y dejar paso a la mujer que se disponía a ayudarla.
El hombre no sabía que hacer, así que se dedicó a subir y bajar por el pasillo intentando aplacar los nervios, mientras la mujer acompañaba a la joven y secaba su frente sudorosa al tiempo que cogía su mano para hacerle notar su presencia y su apoyo.

La joven sudaba profusamente y se retorcía. El dolor era insoportable, sentía que se desgarraba por dentro y que su cuerpo se rompía. Gritaba y lloraba. En su desesperación preguntaba por la vieja, que seguía inmóvil en la mecedora. Aquella tarde su indisposición la privó de sentarse en el sillón y leer a viva voz un nuevo fragmento del libro que amenizaba sus tardes. La vieja había esperado toda la tarde en soledad y la joven no había podido acudir a su cita diaria por primera vez en muchos meses. Sin haber podido evitarlo, la joven se desplomó cuando intentaba acercarse a la salita para al menos llevar a cabo el ritual diario de acompañar a la vieja a su lecho, cuando el transformador saltó y la luz se fue. Un tropiezo y un paso en falso la habían arrojado al suelo y el dolor se hizo manifiesto e insoportable. El grito advertía la tragedia.

Así, entre retorcijones y desesperados intentos de aplacar el dolor, la mujer ayudaba a la joven a tranquilizarse y a respirar. Las uñas de la joven se clavaban en las sábanas a cada espasmo y con cada punzada un ruido gutural se escapaba de su garganta. El desgarro interior se hacía más evidente y la mujer intentaba guiarla y ayudarla. Poco a poco encontraron un ritmo apropiado y finalmente tras un grito que opacó todos los anteriores la casa quedó en un profundo silencio. De pronto la calma regresaba a todas las estancias de aquella vieja morada.

La vieja posó entonces un pie en el suelo y la mecedora se detuvo. El silencio lo aplastaba todo. Entonces el llanto bañó la casa, un llanto furioso y descontrolado lo abarcó todo. Los ojos de la vieja despertaron y con los dos pies en el suelo posó sus manos en los reposabrazos de la mecedora y se incorporó lentamente. Era la primera vez que hacía esto sola en meses. Se acercó con lentitud a la mesita donde reposaban el libro y la vela y los cogió, para dirigirse luego a su dormitorio. Allí permanecía la joven tendida, desde allí el llanto se dispersaba por toda la casa.

La vieja avanzó con su paso lento y tembloroso por el pasillo, ignorando al hombre fornido y a la mujer que había ayudado a la joven y se dirigió sin mediar gesto alguno con sus vecinos hasta su lecho. La joven tenía los ojos cerrados y el llanto había cesado. Nuevamente el silencio rondaba por la casa y la lluvia golpeando las ventanas era lo único que se escuchaba.

Con sus manos rígidas, la vieja se acercó a la joven y en un gesto dulce acarició su rostro sudoroso, acomodó la sábana para arroparla y deslizó la mano por su hombro para propinarle una caricia cálida. La vieja estiró las arrugas de las sábanas de lino rozándolas suavemente y se sentó en una esquina de la cama. Posó la vela en el armazón de madera que enmarcaba la el lecho y buscó la cinta roja que marcaba el punto donde la joven había parado de leer. Abrió el libro y como un pequeño riachuelo las palabras empezaron a brotar de la vieja, con una voz tenue y acaramelada, y los personajes de la historia volvieron a danzar por la estancia. Los ojos de la vieja brillaban y una sonrisa iluminaba su rostro.

La joven despertó con el murmullo de la voz de su abuela, arropándola, contándole aquellas historias que día a día ella sabía que escuchaba y disfrutaba aunque desde fuera pareciese que no era capaz de lazar una frase con otra. En aquel lecho reposaba la joven y las palabras bañaban el lugar y llenaban de alegría cada rincón. Entonces el llanto se elevó de nuevo y la joven rodeó con sus brazos a la pequeña criatura que se había abierto paso a la vida desde su vientre, y la acercó a su pecho con tal dulzura que la pequeña criatura se asió a la madre fácilmente y con los ojos cerrados se alimentó de ella para dejarle escuchar las palabras de la abuela.

Dejó de llover y la noche se despejó rápidamente. Los astros iluminaban el lugar con una tenue luz y la familia llegó finalmente a aquella casa que había visto nacer a tantos en tantos años. Aquellas sábanas habían visto llegar al mundo a la vieja, y ahora era su bisnieta la que había visto la luz por primera vez en ellas, en la cama que fuera de sus antepasados, en la casa que sirvió de cobijo a la joven mientras su vientre se expandía y la pequeña criatura tomaba forma.

“Se llamará Estrella” Dijo la vieja. Y la joven asintió con una sonrisa dulce y plácida, aquel era un nombre perfecto para aquel rayito de luna, para aquella perla brillante que se había abierto paso al mundo en medio de la oscuridad y la tormenta, en aquella nochebuena. La pequeña había regalado una nueva lucidez a la vieja. Aquella nochebuena la familia celebró sus dos mejores regalos y a partir de ese día la joven seguía leyendo por las tardes a su abuela, y la abuela cada noche leía un cuento a su pequeña Estrella. Sus ojos nunca más dejaron de brillar.

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Agatha.

Relatos improbables de la ciudad antropomorfa

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Hace unos días terminé de leer este libro, que desde octubre del año pasado me ha acompañado en algunos viajes y casualmente sólo se ha dejado leer durante los mismos, sobre todo durante los trayectos en tren o en avión.

“Relatos improbables de la ciudad antropomorfa” es el primogénito de David Reche Espada, un autor y amigo con el que comparto el afecto por las letras, que ha tenido el acierto de lanzarse a la piscina con éste título y que hace poco ha publicado su segundo libro, el “Heroico catálogo de hazañas y estados de ánimo”.

El libro viene cargado con 24 relatos divididos en tres partes, las tres leyes de Newton, según me comentaba el autor hace unos días en una pequeña tertulia literaria, donde me explicaba que de algún modo tenía que rebelarse el ingeniero que acompaña al escritor para dejarse ver en el libro.

En la primera parte me gusta particularmente uno de los relatos, “Mortadela con aceitunas”,  texto que además tiene un pequeño fragmento que me viene de perlas para definir uno de los rasgos característicos de los textos de David:

“Y hasta aquí alcanzaría el relato si no fuera porque la realidad llega siempre más allá de donde queremos ver, y a veces son los pequeños detalles los que desembocan en actos que serán recordados en el tiempo, dejando una huella impredecible en su comienzo.”

Es justamente de allí de donde el autor saca sus retales de inspiración, de la realidad que él observa de un modo diferente, de los pequeños detalles que nos pasan desapercibidos, del canto de un pájaro o de una voz de un altoparlante de una estación de autobuses. Y es de allí también, de esos pequeños detalles, de donde desembocan sus letras, que dejan una huella en el lector que tiene la ocasión de detenerse en alguno de sus relatos.

De la segunda parte son muchos los relatos que resaltaría, pero en especial me guardaré tres, “Instrucciones para hacer tiempo”, “Historia de un gorrión” y “Miserable”. Los encuentro particularmente buenos, cada uno en su estilo, diferente y marcado, pero que transmiten sensaciones a quien lee con una facilidad pasmosa.

También en esta sección encontramos relatos que sorprenden y que hacen reir, pasamos de la reflexión a la calma y luego a la risa y a la sorpresa. Son muchos registros y todos bien gestionados, a los que llegamos por medio de una lectura ágil y fluida.

Pero para relato desternillante “Los mirlos tienen un secreto (La batalla de Gulliver)”, que se encuentra en la tercera parte, casi al final del libro. Simplemente no pude parar de reir al leerlo, lo encontré fresco e inesperado, me pilló completamente por sorpresa, así que de éste no os cuento nada, que no quiero desvelar yo ese secreto; es mejor dejar que el futuro lector lo descubra por si mismo.

En resumen es un libro cortito pero cargado de muchas sensaciones, de esos que cuando te apetece una lectura breve abres en cualquier página y encuentras un buen texto para desconectar del mundo por unos minutos. Respecto al autor diré que creo que tiene un don muy especial, y es que es capaz de tomar algo completamente común, invisible y ordinario, pasarlo por su prisma, darle su toque personal y convertirlo así en algo extraordinario.

A.

 

Y antes de terminar: Si queréis saber algo más sobre David Reche Espada, no dejéis de visitar su blog Relatos improbables, donde podréis disfrutar de muchos de sus textos y de otras tantas curiosidades que vale la pena repasar, sin olvidar su sección en la radio, que también podréis encontrar a través de su blog, así que os invito a pasaros por allí y a dejarse envolver por sus letras.