Kundera vuelve al ruedo con “La fiesta de la insignificancia”.

la fiesta de la insignificancia“La fête de l’insignifiance”. Ese es el título de la nueva novela de Milan Kundera. Y yo que ya no puedo esperar a que salga en español lo he comprado así, en francés, y ya de paso practico un poco (el idioma, no seáis mal pensados). Espero tenerlo muy pronto en mi haber.

Kundera es un autor de los que te encantan o no puedes ni verlos en el escaparate. En mi caso me declaro una seguidora absoluta de su obra, y aunque aún me quedan algunos de sus libros en la estantería pendientes de leer, confieso que estoy obsesionada por leer su nueva obra y compararla con “La Broma”, su primera novela, que estoy leyendo en estos momentos y que estoy disfrutando como suelo hacer cada vez que decido dedicarme a la lectura de este autor.

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Me pregunto qué nos deparará este nuevo libro, si me dejará reflexiones a cada página que paso, si me quedaré con la sensación de aturdimiento que me han dejado otros de sus títulos para luego no poder dejar de pensar una y otra vez en éste o aquel pasaje y en sus varias interpretaciones.

Y sobre todo tengo ganas de una buena dosis de inspiración, de esas que tardan en desaparecer y que provocan el síndrome de los dedos inquietos. Y por supuesto, esta vez espero aprovecharla para dar forma a un par de ideas que llevan meses rondando mi cabeza.

Éstas son mis expectativas. ¿cuáles son las tuyas?

A.

El libro de los amores ridículos – Milan Kundera

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Más que una novela es un conjunto de relatos que giran en torno al tema del amor, aunque un amor muy distante del concepto idílico que tenemos cuando hablamos de ello. No encontraremos en este libro historias rosas ni amores eternos y hermosos; nos daremos de bruces con la realidad, que no es tan bonita como la de los cuentos de hadas, pero que es mucho más tangible.

Nuevamente encontramos el libro dividido en siete partes. Cada una de ellas es un relato, una historia en sí misma independiente de las demás, a excepción de dos historias que comparten un personaje, pero que salvando esta diferencia respecto a las otras cinco, son historias independientes entre sí. Cada parte desarrolla personajes peculiares, comunes y más bien amargos, personajes que viven una vida que en algún momento les sobrepasa y que viven el amor de un modo vulgar, mundano y en ocasiones resentido, triste y resignado.

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También encontramos personajes que se enfrentan a batallas personales, muchas de ellas referidas al inevitable avance del tiempo y la mella que deja en las personas cuando sus huellas se reflejan en el espejo. En esos instantes salen reflexiones entre las líneas que van relacionadas directamente con la razón de ser de las personas y su fin en el mundo.

Kundera se detiene nuevamente en dichos aspectos (el amor y la pérdida de la juventud) como hace en otros de sus libros. Son temáticas recurrentes en sus escritos. Sus letras dejan desazón en el cuerpo pues nos muestra una cotidianeidad que normalmente preferimos no ver; nos presenta el amor como una ilusión, un arma para manipular y también como una medida de afirmación de la relevancia de una persona en el mundo. Nos presenta también la necesidad de reconocimiento y la apreciación de la belleza como una carga que mina al ser humano.

En la medida que envejecemos nos desvanecemos hasta ser invisibles; es ahí cuando morimos, no cuando el cuerpo se extingue. Eso es lo que parece poder leerse entre líneas en muchas de las historias de este libro. La pérdida de uno mismo al desaparecer para los demás es una tragedia a la que los personajes se enfrentan cada uno a su modo. Para los personajes masculinos dicha pérdida se manifiesta en la ausencia de control sobre las situaciones, sobre todo en las que a mujeres se refiere. Para los personajes femeninos la lucha está siempre presente al necesitar verse deseable ante los ojos de un hombre. Ellos se tornan irritables y malhumorados al enfrentarse a la frustración y ellas a veces grotescas, a veces resignadas, e incluso en ciertos instantes agradecidas cuando unos ojos masculinos se posan en ellas.

Kundera nos muestra personajes que podríamos cruzarnos en la calle, cada uno con sus fachadas y sus defensas y nos hace mirar más allá de esas murallas individuales para mostrarnos una porción de la naturaleza humana en toda su plenitud e imperfección. Eso es lo que hace de sus libros piezas que vale la pena leer, pues dentro de toda esa marabunta de defectos y melancolías, sus personajes siguen andando y llegan a aprender a llevarse bien con ellos mismos; nada distinto a lo que hacemos nosotros en el día a día.

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Si buscáis finales felices, éste no es el libro a leer. Los relatos tienen simplemente finales; luego nuestra propia reflexión puede darles un cariz más o menos triste, frustrante, alegre o incluso aburrido, pero no son más que finales corrientes para historias corrientes tratadas desde el prisma de la buena literatura y cargadas de momentos en los que vale la pena detenerse a pensar. Y como en otros libros suyos, los personajes de Kundera pueden despertar muy diversas sensaciones en el lector, dependiendo como siempre de lo que cada uno ponga de sí en el momento de la lectura, pero no son los típicos personajes donde está claramente definido quien será el héroe y el villano.

Una vez más, como en la vida real, aquí no hay buenos ni malos, sólo un puñado de personajes-personas que caminan con ellos mismos a cuestas y que nos son presentados no para que les juzguemos, sino para que les conozcamos, y a partir de ellos podamos reflexionar sobre nuestras propias realidades y sobre nuestra percepción del mundo.

Yo he quedado una vez más satisfecha con la lectura. Sin embargo debo reconocer que éste no es el libro de Kundera que más me ha gustado, quizá porque al ser cortas las historias no he podido profundizar como me habría gustado en cada personaje, pero no por ello deja de ser para mí un libro que vale la pena leer, por lo que no dejo de recomendarlo. Además la lectura es muy ligera, y al tratarse de historias cortas y distintas entre sí, puede ser un libro para leer en varias tandas, incluso para intercalar entre lecturas más densas.

Un libro que invita a la reflexión y no deja indiferente al lector siempre valdrá la pena leerlo.

A.

Relatos improbables de la ciudad antropomorfa

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Hace unos días terminé de leer este libro, que desde octubre del año pasado me ha acompañado en algunos viajes y casualmente sólo se ha dejado leer durante los mismos, sobre todo durante los trayectos en tren o en avión.

“Relatos improbables de la ciudad antropomorfa” es el primogénito de David Reche Espada, un autor y amigo con el que comparto el afecto por las letras, que ha tenido el acierto de lanzarse a la piscina con éste título y que hace poco ha publicado su segundo libro, el “Heroico catálogo de hazañas y estados de ánimo”.

El libro viene cargado con 24 relatos divididos en tres partes, las tres leyes de Newton, según me comentaba el autor hace unos días en una pequeña tertulia literaria, donde me explicaba que de algún modo tenía que rebelarse el ingeniero que acompaña al escritor para dejarse ver en el libro.

En la primera parte me gusta particularmente uno de los relatos, “Mortadela con aceitunas”,  texto que además tiene un pequeño fragmento que me viene de perlas para definir uno de los rasgos característicos de los textos de David:

“Y hasta aquí alcanzaría el relato si no fuera porque la realidad llega siempre más allá de donde queremos ver, y a veces son los pequeños detalles los que desembocan en actos que serán recordados en el tiempo, dejando una huella impredecible en su comienzo.”

Es justamente de allí de donde el autor saca sus retales de inspiración, de la realidad que él observa de un modo diferente, de los pequeños detalles que nos pasan desapercibidos, del canto de un pájaro o de una voz de un altoparlante de una estación de autobuses. Y es de allí también, de esos pequeños detalles, de donde desembocan sus letras, que dejan una huella en el lector que tiene la ocasión de detenerse en alguno de sus relatos.

De la segunda parte son muchos los relatos que resaltaría, pero en especial me guardaré tres, “Instrucciones para hacer tiempo”, “Historia de un gorrión” y “Miserable”. Los encuentro particularmente buenos, cada uno en su estilo, diferente y marcado, pero que transmiten sensaciones a quien lee con una facilidad pasmosa.

También en esta sección encontramos relatos que sorprenden y que hacen reir, pasamos de la reflexión a la calma y luego a la risa y a la sorpresa. Son muchos registros y todos bien gestionados, a los que llegamos por medio de una lectura ágil y fluida.

Pero para relato desternillante “Los mirlos tienen un secreto (La batalla de Gulliver)”, que se encuentra en la tercera parte, casi al final del libro. Simplemente no pude parar de reir al leerlo, lo encontré fresco e inesperado, me pilló completamente por sorpresa, así que de éste no os cuento nada, que no quiero desvelar yo ese secreto; es mejor dejar que el futuro lector lo descubra por si mismo.

En resumen es un libro cortito pero cargado de muchas sensaciones, de esos que cuando te apetece una lectura breve abres en cualquier página y encuentras un buen texto para desconectar del mundo por unos minutos. Respecto al autor diré que creo que tiene un don muy especial, y es que es capaz de tomar algo completamente común, invisible y ordinario, pasarlo por su prisma, darle su toque personal y convertirlo así en algo extraordinario.

A.

 

Y antes de terminar: Si queréis saber algo más sobre David Reche Espada, no dejéis de visitar su blog Relatos improbables, donde podréis disfrutar de muchos de sus textos y de otras tantas curiosidades que vale la pena repasar, sin olvidar su sección en la radio, que también podréis encontrar a través de su blog, así que os invito a pasaros por allí y a dejarse envolver por sus letras.

 

Milan Kundera: una breve aproximación a su estilo.

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“La insoportable levedad del ser” me hizo sucumbir ante este autor. Este libro cayó en mis manos gracias a un buen amigo. Le pedí una recomendación, pero no basada en lo que él pudiera pensar que me gustaría, sino simplemente pensando en un libro que le hubiese dejado una huella. Así fue como escuché por primera vez del libro y del autor.

Meses después me dejé caer por una librería y se me cruzó el título de casualidad, por lo que decidí comprarlo. Tras un par de meses más en un estante lo cogí para echar un ojo al primer capítulo y cuando me di cuenta llevaba más de la mitad de las páginas. Lo acabé a los pocos días en otra sesión intensiva. Simplemente no pude despegarme del libro.

Entonces comenzó mi idilio con Kundera. Busqué más títulos y quise saber más del autor. Ahora sólo me faltan un par de obras en la biblioteca y estoy leyendo el quinto libro de los que ya tengo en mi haber.

La aproximación de Kundera a la novela es completamente diferente a todo lo que he leído hasta ahora. Desde la forma de estructurar los capítulos, de desenmarañar la historia, de enlazar a sus personajes; todo es diferente a la estructura típica de la novela, o a la que suele asociarse por defecto a este género.

En primer lugar escapa de los capítulos largos. No encuentras capítulos de 40 o 50 páginas en sus textos, ni grandes descripciones. Si el lector busca ambientarse por medio de la narración (como podría hacerlo fácilmente con Ken Follet) no va a encontrar en su estilo un camino a seguir. Los ambientes no se desarrollan a menos que tengan relevancia para el presente de los personajes, y eso hace que por momentos la historia parezca desmadejada y poco desarrollada. Pero realmente sus novelas distan mucho de ser simples y desordenadas.

Kundera se centra en un tema, uno muy concreto, y utiliza a sus personajes y a sus presentes para mostrarlo al lector de una forma honesta y en muchas ocasiones cruda y alejada de idealismos. No hay heroes ni villanos; no hay un protagonista que crece y evoluciona por medio de la superación de pruebas y dificultades, ni florecen historias de amor improbables y condenadas al fracaso que finalmente, tras muchas lágrimas, logran vencer a todo y a todos en contra de los pronósticos.

En su lugar Kundera nos presenta personajes-personas, tan reales como todos los que aquí participamos y nos muestra su presente. No nos lleva por sus vidas para que tengamos empatía o sintamos repulsión por ellos. Simplemente analiza un fragmento de las personalidades de dichos personajes sin emitir un juicio de valor sobre ellos, dejándonos a nosotros un reflejo de la realidad tangible para que la perfilemos y le demos en nuestras mentes la forma que queramos. Así construye la historia, que no nos habla de la aventura de un personaje singular entre los demás, sino de la condición humana y de sus preocupaciones mundanas, de cosas que todos podemos experimentar.

A pesar de que salta de presentes a pasados e incluso a veces nos adelanta lo que ocurrirá (y eso sin hablar de cuando se sale completamente de la historia y se refiere a los personjes como tales, o lanza un breve ensayo sobre algún tema concreto), utiliza dichos saltos para desarrollar la esencia del tema central que trata en cada novela. Así pasa en “La insoportable levedad del ser” y también en “La ignorancia”, en la que el tema sobre el que giran los personajes es la emigración, o en “La identidad” dónde habla de la experiencia del amor y la pérdida de la identidad que lleva asociada. No hablo de los demás libros porque aún no los he leído, pero en general su hilo conductor no es la historia en sí, sino el tema de fondo de la misma, que presenta al lector a través de personajes que no son más que vehículos que muestran distintas caras de, ya no una moneda, sino un poliedro de muchas facetas distintas que comparten una inquietud común. Así es como Kundera construye, con capítulos cortos cargados de dardos punzantes, novelas que atrapan y que maravillan, o molestan, o simplemente duelen… al igual que la vida real.

No es un autor fácil y sin duda se sale de lo común (como Murakami, a quien tampoco puedo clasificar en ninguna categoría). Su aproximación al género es única y eso le hace difícil de leer a veces, pero sin duda es un autor excepcional, que intenta tocar al lector y revolverle de su estado de comodidad para hacerle pensar, aunque sea a través del disgusto, la incomodidad o el rechazo a las ideas que él plantea.

Para mi Kundera es un autor franco y contundente, que te mira a los ojos y se adentra con sus letras en lugares de nosotros mismos que no siempre queremos ver, obligándonos a hacer un ejercicio de autocrítica y análisis de lo que somos. En resumen, un autor que no deja indiferente.

A.

Kundera y los posos del alma

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Con un estilo que parece abofetear al lector, es imposible pasar de lado ante este autor. Directo, franco y a veces incluso repelente, Kundera se pasea por los fondos de lo que conforma la estructura de la personalidad y remueve los posos que se depositan allí a lo largo del trayecto, a medida que las experiencias van dejando restos en nuestra configuración personal.

Las experiencias son como un cúmulo de partículas, una piedra arenisca lanzada a una piscina, que al deshacerse se filtra en su mayoría, dejando dos tipos de resto. Uno, las partículas ligeras y brilantes que flotan delicadamente en la superficie del agua; el esbozo de la experiencia que contamos a los demás, con el que estamos a gusto y cómodos y que puede verse a simple vista. El otro vestigio es el poso que cae al fondo de la piscina. Partículas también muy pequeñas que quedan depositadas en el fondo tras el filtrado; lo que guardamos para nosotros de las cosas que vivimos, lo que no contamos, lo que callamos. A veces duele y otras simplemente no sabemos que esa arenilla está allí hasta que alguien remueve con violencia el agua y las partículas de la superficie se encuentran con las del fondo. Entonces, en esa confluencia las emociones se manifiestan y no podemos evitar abrir los ojos bajo el agua, para ver el fondo y ver en ese torbellino de posos una parte oculta de lo que somos.

Kundera es la mano que chapotea con violencia en esas aguas calmas que nos mantienen a flote, nos salpica los ojos en su chapotear y nos arranca de ese estado de equilibrio en el que nos dejamos llevar sorteando grácilmente la superficie de las ondas, en horizontal, para rozar sólo esa arenilla brillante y ligera que dota de un brillo ocre el agua que nos aisla del mundo y en la que nos sentimos cómodos. Tras ese estruendo acuático, luego de la brusca interrupción del casi adormecimiento de nuestra conformidad, nos revolvemos, perdemos la horizontalidad y nos hundimos torpemente; sentimos el contraste de temperaturas al sumergir el cuerpo entero en el agua y, con nuestros movimientos desordenados azuzamos el revolotear del poso de nuestras almas.

La única forma de librarnos de los posos es utilizar un tamiz muy fino, remover el fondo, y salir del estado de comodidad en el que nos sumimos cuando encontramos que rebuscar en nuestro interior es doloroso, porque nos encontramos con esa visión de nosotros mismos que nos pertenece sólo a nosotros y que a veces sentimos que es mejor dejar encerrada en la caja de Pandora. Una vez filtrados los restos ocultos de las experiencias es cuando tenemos la mirada limpia debajo del agua y nos reconocemos falibles, frágiles, insensatos, crueles, duros, serenos; imperfectos… auténticos. Entonces nos quitamos un peso de encima y nos miramos con mejores ojos.

Kundera no es más que la cerilla, nosotros somos el viento que atiza nuestro fuego interior.

A.