La Errante

PortadamiNatura129_sp_450_4Una vez más tengo el gusto de compartir un texto que forma parte de la revista digital miNatura. La Errante es un texto distinto a todo lo que he escrito hasta ahora, ha sido un ejercicio de creatividad muy interesante. Disfruté mucho escribiéndolo y ahora espero que vosotros disfrutéis de su lectura.

En esta ocasión, el número 129 de la revista está dedicado a la inmortalidad, un tema que se puede abordar desde muchísimos puntos de vista y que siempre despierta el interés. La Errante es sólo una de las tantas posibilidades de jugar con este tema y comparte cartel con piezas tan buenas como La claudicación de Parménides de Pablo Martínez Burquett y La tentación de la fugacidad de Carlos Díez, relato que me ha gustado especialmente y cuya lectura recomiendo.

Ahora os dejo solos para que podáis leer sin prisas.

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La Errante

La Errante fue muy clara conmigo: no hay nada que tenga un precio más alto en las tierras de Ulther, que rescatar del Ebseloth un espíritu perdido.

–Obtendrás lo que deseas, pero ni mis ojos, que ven más allá de lo que ve ningún mortal, pueden vislumbrar las consecuencias que tendrán tus actos –me dijo, mirándome con esos ojos blancos y vidriosos–, Ragh no pasará por alto el ultraje y su ira se hará manifiesta.

No quise escucharla. Mi corazón ennegrecido sólo anhelaba el regreso de Breil a mi lecho. Desde que partió para defender nuestra tierra de la amenaza del Bergoth, dejé de vivir. El día que me trajeron su medallón perdí la cabeza.

Cuidando no ser descubierta me dirigí al bosque. Derramé mi sangre en el círculo sagrado y pronuncié las palabras prohibidas. Un temblor sacudió las copas de los árboles y un rugido surgió desde el fondo del Ebseloth, aterrorizándome.

–Tu mortal volverá a caminar en el mundo de los vivos, pero nunca volverá a tu lecho. Y tú, maldita mujer, verás la destrucción de Ulther y de todos los tuyos –exclamó Ragh, y un destello incandescente me hizo perder la conciencia.

Cuando desperté, frente a mí había un niño de pecho con el medallón de Breil rodeando su cuello. Mis ojos no podían creer lo que veía. Desesperada lo llevé a las puertas de Ulther, tomé la joya y escapé sin mirar atrás.

Ragh me había dejado vacía, pero su furia iba más allá. Al acercarme al río, éste me devolvió un espantoso reflejo: una mirada blanca y vidriosa me mostraba mi castigo final. Mis ojos permanecerían abiertos por toda la eternidad.

Es así como, tras haber visto millones de lunas, hoy la sangre derramada del último descendiente de Breil, marca el fin de los días de Ulther. Hoy todos están en el Ebseloth. Todos menos  yo, la Errante.

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La fotografía que encabeza el relato es de la fotógrafa Claudia Wycisk.

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