Querido alguien

Querido alguien:

Te sorprenderá que te escriba esta carta, al fin y al cabo ni siquiera nos conocemos, pero tenía la necesidad de hablar de ciertas cosas contigo. Cosas que no puedo hablar con la gente que conozco y que no deseo dejar sólo en mi pensamiento. Cosas que quiero hacer llegar a tu mente para que, al menos, te hagan pensar un poco.

Lo cómico de este asunto es que no se exactamente de que quiero hablar. Aqui, sentada en el asiento trasero de mi coche, dejo que mis dedos se deslizen por las teclas para sentirme acompañada. Siento tu presencia y me agrada. Tú simplemente estás aquí, no me juzgas, no me señalas, no me reclamas ni me miras con aire despectivo. Lo único malo es que en realidad ni me miras, pero no importa, no necesito más compañía en este momento que el saber que estas palabras llegarán a ti.

Siempre he dicho que no me importa lo que la gente piense de mi. Pero entonces surge una pregunta: ¿por qué, entonces, debo justificar mis actos? No hablo de que los demás me lo pidan, sino de esa necesidad que surge en mi de explicar el por qué de las cosas que hago. Si a nadie quiero agradar con mis acciones, entonces ¿por qué necesito explicarme? Tal vez es porque en el fondo nosotros somos nuestros peores jueces y esas explicaciones son para satisfacer la necesidad propia de sentir que hacemos las cosas como deben hacerse. Asi que en realidad si que importa lo que, al menos yo, pienso de mi. Siempre habrá alguien entonces a quien tengamos que rendir explicaciones, no podemos escapar de nosotros mismos.

Cuando hacemos algo que no se debe hacer nos avergonzamos de ello y buscamos mil excusas para tapizar el hecho en si y lo rodeamos de circunstancias “especiales” para intentar sentirnos menos culpables. Un sin fin de particularidades que hacen que lo que hacemos esté bien para nosotros, pero, cuando vemos que es otro quien hace las mismas cosas entonces está mal y no hay excusa posible para pensar de otra manera. Entonces medimos las cosas con distintas varas y al final nos llenamos la boca diciendo que somos seres justos y que lo que es para uno es para todos. Claro, eso es asi hasta que metemos la pata hasta el fondo del barro y formamos parte del “todos”. Entonces cambiamos de punto de vista y decimos que las cosas no son blancas y negras, sino que todo está en los matices. X circunstancia para una persona está bien siempre y cuando tenga los mismos matices que tuvo para nosotros. Así nos pasamos la vida engañándonos y creyéndonos virtuosos, cuando al final todos estamos más metidos en el barro de lo que queremos ver.

Te preguntarás, querido alguien, por qué te suelto todo este cuento, si ni nos conocemos. Precisamente por eso, porque no nos conocemos. Si dijera estas reflexiones a alguien conocido seguramente lo tomaría a personal y no podría concentrarse en las apreciaciones en si. Entonces todo el rollo no serviría de nada y simplemente dirían “este es otro más de sus rollos aburridos, da igual” y el caso es que no da igual. Precisamente por eso es que las cosas nunca cambian, porque siempre decimos que las cosas que preocupan a los demás dan igual. Si hay hambre en Africa, da igual porque a mi eso no me compete. Si hay empleadores explotadores, da igual, porque yo estoy cómoda con el trabajo que tengo. Si mi madre me necesita para charlar un rato y echar una partida de cartas, da igual porque yo estoy muy ocupada arreglándome para tratar de ligarme a un personajillo que seguramente sólo me busca para follar. Al final resulta que lo único que cuenta es lo que yo necesito, lo que yo quiero y lo que yo hago. Yo, yo, yo, yo y siempre yo. Y después nos preguntamos por qué estamos tan solos…

Disclulpame por la rudeza de algunas de mis palabras, este discurso no va por ti ni porque te crea egoista. No, no es eso, sólo reflexiono basándome en esas cosas que a veces digo y que luego lamento. El problema no son los demás, sino nosotros mismos, es por eso que para el resto del mundo nosotros también formamos parte de “los demás” ¡yo también soy parte del problema! Esas son las cosas que deberíamos decir más, porque lo más importante a la hora de solucionar un problema es encontrar qué lo causa. No sólo eso, debemos aportar algo a la solución de ese problema.

El egoismo nos aisla. No hablo de ese egoismo de “no te presto mi lápiz” ni el de “no hago donaciones”. Hablo del egoismo de no darnos nosotros mismos, de guardarnos de los demás, del quedarse las sonrisas y los gestos amables para uno. Hablo del no pensar en los sentimientos de los demás y encerrarnos en nosotros mismos, de pensar que sólo nosotros tenemos problemas, y, en caso de reconocer que no somos los únicos que tenemos problemas, pensar que los nuestros siempre, siempre, son más grandes y por ello sólo nosotros debemos ser comprendidos. Hablo del egoismo de no dedicar tiempo a hacer reir a un ser querido, hablo de esas pequeñas cosas que pueden cambiarle el día a una persona que camina a tu lado, como agacharse para recoger una moneda que se le ha caido al que estaba esperando a que cambie el semáforo y devolversela con una sonrisa de propina. Hablo de ese egoismo, ese que hace que nos volvamos seres aislados y huraños. Si no compartimos nuestros sentimientos, cómo podremos recibir los de los demás.

La vida es como una relación de pareja, de hecho, es la relación de pareja más importante que tenemos. Para hacer crecer el amor hay que alimentarlo con pequeños gestos. Pues lo mismo para nuestro noviazgo con la vida. Si queremos sentirnos amados por ella entonces tenemos que mimarla y consentirla con detalles. Es como celebrar un cumpleaños, es tu aniversario de novios con la vida, es una ocasión de alegría y de regocijo porque están juntos y porque gracias a ello tienes la oportunidad de ver como con el tiempo se realizan tus sueños. Pues esa relación se alimenta todos los días con nuestra actitud ante quienes nos rodean. Si somos seres amables y generosos, recibiremos a cambio lo mismo y nos sentiremos dichosos de vivir. Tal vez así nos sintamos menos solos y comencemos a curar esa herida que todos llevamos en algún rincón del alma. Tal vez asi no nos sentiríamos tan sólos. Sólos no somos nadie, necesitamos de los demás para mostrarnos en nuestra plenitud.

En fin, querido alguien, esta carta es el producto de mis reflexiones. Quiero compartir contigo esto porque es una forma de abrirme a los demás, se que leerás esto y que te sentiras afectado de algún modo por ello. Espero de corazón que la sensación que te deje esta carta sea agradable y que esbozes una ronrisa al terminar de leerla, o, al menos que algo de lo que he escrito hasta ahora te deje pensando. Si no, esta nota no habrá tenido ningún sentido.

Recibe de mi parte un caluroso abrazo. Has de saber que te aprecio sólo por haber tomado parte de tu tiempo para fijarte en mis letras. Me despido de ti con cariño y deseo que el resto de tu día sea agradable. Sin más nada que decir por el momento te dejo una imágen mía. Soy la chica que se sienta en la colina a ver el ocaso, siempre con una sonrisa en los labios.

Atte.

Agatha.

© Agatha (2007)

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4 pensamientos en “Querido alguien

  1. Impresionante, non comento mais por que cairia na banal critica e como dixo George Steiner:
    “O mirar cara atrás, o crítico ve a sombra dun eunuco. ¿Quen sería crítico se puidera ser escritor?”

  2. Menuda reflexión chica de la colina. Me dejas pensando. Hay cosas que yo no hubiera visto del modo que tu las ves, pero lo cierto es que llevas razón cuando hablas de que somos nosotros los que nos alejamos de la gente.

    Me gusta tu forma de escribir.

    Ale.

  3. pues es muy interesante como ves la realidad es muy interesante que sepas expresar lo que muchas personas no saben ver y q por suerte tu lo viste y no dejaste ver espero y sigas con esos animos y ecribas mas ok muy bonito la vedad me iso refreccionar en muchas cosas ok bye sigue escribiendo

  4. que es lo que te ha llevado a pensar de esa forma?…. es interesante ver que no soy la unica que reflexiona sobre estos temas… a veces me siento algo loca…. te felicito y espero porfavor sigas escribiendo…

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