Palabras III – Rutina

Rutina:

8:00 am – Suena el despertador.

Mi mano intenta a ciegas dar en el blanco y detener ese chirriante sonido que no me deja en paz. Abro los ojos a la fuerza y me incorporo sólo lo suficiente como para apagar el despertador. Miro al techo mientras mi cuerpo se prepara para levantarse de la cama y desprenderse del calorcito que se esconde bajo las sábanas. Es una mañana de otoño, como todas las demás. Llueve al otro lado de la ventana y el clima ya no es dulce como lo fue en verano.

Mi blanco techo me deja la mente del mismo color, intento prolongar los “cinco minutos más” y me acurruco entre la mullida manta. Pero mis cinco minutos se acaban y debo salir de mi acolchada crisálida para comenzar el día. Menuda mariposa soy: despeinada, con cara de espanto, un par de grises ojeras bajo los verdes ojos y esa maldita espinilla que siempre aparece en el peor momento. Mejor no seguir mirando que me gasto.

8:30 am – Tomo una ducha.


Para comenzar las actividades diarias nada mejor que despojarse de los malos sueños con una ducha tibia. El resbalar del agua va despertando cada parte de mi ser de una forma tan sutil que ya no es tan desagradable tener que levantarse tan temprano. ¿De qué color es el agua? Me pregunto, y comienzo a divagar entre mis pensamientos matutinos, como todos los días. El agua es azul, asi aprendí a pintarla cuando era pequeña, cuando llenaba de azul las hojas de papel y decía que eran pedacitos de mar. Pero lo que yo no sabía era que el agua también podia ser negra, negra y misteriosa, tan negra que parece un enorme vacío imposible de llenar, es así como se ve el mar en las noches sin luna, inmenso, tétrico y capaz de engullirlo todo sin dejar rastro. Cuantas cosas distintas puede hacernos sentir la misma cosa.

9:00 am – Preparo el desayuno.

Cereal con leche. Es mi desayuno habitual. Miro por la ventana y la lluvia es ahora más fuerte. Caliento la leche para recuperar un poco el calor que dejé bajo las mantas y desayuno con calma, en la cama, observándolo dormir. ¡Qué suerte tiene! No tiene que levantarse temprano. Tiene un sueño profundo, aún no se ha despertado, no nota mi ausencia en la cama. Una vez termino el desayuno, lavo los platos y me dispongo a salir de casa. Un beso al aire te deja el último aliento de mi presencia. Cierro la puerta sin decir adiós.

9:30am – Me voy al trabajo.

Me resulta odioso conducir con esta lluvia, pero ya estoy acostumbrada, todos los días es así. Pongo la radio para que me acompañe un poco y tarareo mis canciones favoritas mientras sigo tras una fila de coches, todos igual de sosos, hasta llegar al trabajo. Busco donde aparcar y mi torpeza habitual para estos menesteres me hace perder diez minutos entre maniobra y maniobra para lograr dejar mi coche aparcado en un puestecillo que conseguí libre de casualidad. Él tal vez habría terminado en un par de minutos, pero yo aún no me acostumbro, siento que los demás coches se me suben encima y no me dejan moverme.

10:10 am – Llego al trabajo.

Tras la reprimenda por los diez minutos de retraso me siento en mi mesa, un escritorio como el de los otros cien empleados que trabajan en la empresa y comienzo mi labor, tediosa y desmotivante de llamar por teléfono a una infinidad de personas para venderles cosas que nadie necesita. Uno tras otro discurren los “posibles clientes”. Tras unas 15 llamadas encuentro a alguien medianamente interesado en lo que digo y me deja terminar mi discurso aprendido. El trabajo es el trabajo dicen y todo trabajo es bueno, pero yo no opino lo mismo, mucho menos luego de tener que oir todos los insultos y malas palabras que me dicen quienes están al otro lado del teléfono. Ya pronto se acerca la hora del almuerzo.

1:30 pm – Hora de comer.

Tengo apenas una hora para descansar la oreja. Cada día que pasa odio más este trabajo, cada día que pasa me asusto un poco más. Me asusto porque con el tiempo me hago más monótona y aunque odio lo que hago, cada día me acostumbro un poco más a ello, asi que mientras más tiempo pasa menos ímpetu tengo para cambiar. Como cualquier tontería de la cafetería de la empresa y busco un lugar donde sentarme un rato. Observo a la gente y me doy cuenta de que nadie mira a nadie, cada quien vive en su mundo y nada más les importa. Actúan como máquinas. Se levantan, se duchan, desayunan, se van al trabajo sin siquiera despedirse de quienes aman y luego se pasan la vida tras un escritorio frio y monótono, haciendo una tarea que, ni les gusta, ni satisface sus necesidades mínimas de reconocimiento y de realización personal. Luego dicen que no hay más nada que hacer, levantan los hombros y con gesto apesadumbrado y cara de hastío se levantan de sus incómodas sillas para echarse un bocado de pan a la boca. Quisiera tener el valor de gritar y largarme, de renunciar y de correr a casa a llenar de besos a mi amor, de pasar la noche haciendo el amor y riendo, de amanecer sin pensar en el día siguiente. Me siento atada. ¿qué puedo hacer? Eso lo responderé en otro momento, ahora tengo que volver al trabajo.

2:35 pm – Vuelvo a la oficina.

Robotizada, me dirijo nuevamente a mi escritorio, descuego el teléfono y comienzo de nuevo la labor. Pienso en mandarle un mensaje, me pregunto qué estará haciendo, pero mejor lo dejo para después, ya hablaremos al llegar a casa.

8:00 pm – Regreso a casa.

Se me hizo tarde de nuevo, otra vez me tocó hacer horas extras. Pongo música en el coche y me voy a casa. Hay algo de tráfico asi que llegaré aún más tarde. Tengo ganas de verlo. Esta tarde mientras comía vi a un par de chicos besándose mientras hacían la cola de la cafeteria y me acordé del tiempo que hace desde que él y yo no hacemos eso. Apenas nos hablamos cuando estamos en casa, estamos muy cansados del trabajo y no quedan ganas de nada más que de dormir, pero hoy tal vez sea diferente.

8:45 pm – Llego a casa.

¡Al fin en casa! Me asomo para saludarlo y él me responde desde la ducha. Pienso en sorprenderle, tal vez me desnude y me meta en la ducha con él, seguro le agrada la sorpresa. Pero debo hacer la cena asi que cambio los planes y me voy a la cocina. Cuando sale del baño me ayuda a poner la mesa y nos sentamos a comer frente al televisor. Apenas intercambiamos palabras, hablamos del trabajo, del clima y de la cena del sábado. Recogemos la mesa y lavo los platos.

10:30 pm – Voy a la cama.

Tuve un día muy pesado, como todos los otros días. Llego a la cama y él ya está allí, leyendo un nuevo libro que le recomendó un amigo. Yo hago lo mismo, tomo el libro de turno y leo unas cuantas páginas antes de que me venza el sueño. Entonces, cansada, cierro el libro y me acurruco en la manta. Me acerco a él y le deseo buenas noches. Un tímido beso es lo ultimo que recibo antes de que se duerma.

Me siento mal y no se por que. Quisiera que las cosas fueran de otra manera, que todos los días fueran diferentes, que las noches no fueran sólo para dormir y que él y yo siguieramos como hace diez años, como recién casados. Pero no es así y lo peor de todo no es eso, sino que somos nosotros mismos los que, con cada pequeño gesto, con cada “después lo hago” y con esa manía de no mirarnos a los ojos y sonreir, los que hemos cavado poco a poco el hueco donde estamos metidos.

¿hasta cuándo podremos aguantar?

No lo se, mis ojos ya se cierran solos, mañana será otro día, igual que hoy, igual que ayer, igual que antes de ayer…

rutina

© Agatha. (20 de Octubre de 2006)

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