Palabras II – Magia

Magia:

Hace un par de semanas fui hasta el parque. Es un parque precioso, verde, fresco, plagado de pequeñas flores y de aves que acompañan con su canto. El verdor y la frescura de ese lugar se debe a que un río de aguas cristalinas baña la tierra y la limpia de las inclemencias del hombre, que se empeña en moldearlo todo a su antojo, sin pararse a pensar en el equilibrio del mundo y de los seres que en él habitan..

Cuando me dirigía al parque dejé atrás las aceras de concreto y las calles mecánicamente rectas y, poco a poco, dejándome llevar por mis pies, me acerqué al suave serpenteo del agua que acariciaba las rocas, los árboles y la tierra que la acunaba. Entonces mi cuerpo dejó de ser sólo mío y pasó a ser una pequeña parte de ese entorno perfecto que me rodeaba y me invitaba a relajarme.

Mientras caminaba, mi cuerpo dejaba su grisaceo color atrás, junto a la selva de concreto de donde venía, la selva repleta de grises mates y brillantes, claros y oscuros, fríos y cálidos, pero todos ellos grises tristes y separados unos de otros, como las personas, que lentamente y sin percibirlo, se contagian de esa tristeza, se vuelven opacos y se aislan de todos en sus pequeños mundos de concreto. Entonces olvidan que forman parte de un mundo mucho más grande que está lleno de colores, donde el gris deja de ser triste porque no está sólo. Olvidan que fuera de sus cuadrados entornos hay algo más que otras paredes.

Por un tiempo yo casi olvidé los colores y me fui volviendo opaca, desde mi ropa hasta mis ojos, el brillo fue disminuyendo y mis colores perdieron lentamente su saturación, transformándome en una apagada escala de grises, fríos o cálidos, según la ocasión. Algunas noches fui solo un escueto alto contraste, pero la claridad del día me devolvía mi gradación de grises habitual. Fui una más del montón hasta que llegué a esta pequeña ciudad y descubrí el parque, al que ahora voy con frecuencia, cada vez que noto que mi cuerpo se torna grisaceo.

Así me ocurrió hace dos semanas. Vi mi piel y la noté apagada, me vi al espejo y mis ojos tenían esa expresión de costumbre y rutina que me abruma y mi boca comenzaba a desdibujar mi sonrisa y a plasmar una mueca indescifrable, entre el hastío y el aburrimiento. Todo mi ser se dibujaba entre lineas rectas y dramáticamente sosas. Así que mi mente, que aún conservaba algo de color, me puso alerta y envió a mis extremidades la orden de ponerse en marcha en dirección al parque.

Cuando llegué y mis pies tocaron el verde pasto se detuvo mi decoloración. A medida que caminaba, respiraba el aroma tan particular del río y la tierra húmeda, que se mezclaba con el aroma de las flores que abrían sus pétalos para impregnarse del calor del sol. Como ellas, yo abrí mis cinco sentidos, para recibir las bondades de tan hermoso lugar.

Mis oidos percibían el sonido del agua a su paso, el cantar de las aves, el crujido de la tierra bajo mis pies, el susurro del viento que mecía las ramas de los árboles y el chapoteo de los patos que se refrescaban en el río.

Mis labios saborearon las pequeñas frutillas que se escondían en el bosque y se refrescaron con el agua que brotaba entre las piedras, pura y cristalina.

Mi olfato se dejó seducir por el olor a campo y a pesca fresca que emanaba del río, por el perfume de las florecillas y las frutas y por el olor a tierra fresca y fértil que viajaba con el viento.

Mi piel se erizaba con el paso de la brisa y se dejaba acariciar por la frescura del agua y la calidez del sol, que lo observaba todo desde lejos.

Mis ojos se maravillaban con el festín de formas y colores que frente a mí se dibujaban. Se detenían con cada detalle, en el azul bañado de manchas blancas del cielo, en el verde azulado del agua, que dibujaba una linea serpenteante a lo largo del recorrido, en el marrón granulado de la tierra que se mezclaba con las lineas finas y verdes del pasto y con las motas de pequeños puntos blancos que rodean los círculos amarillos de igual tamaño, formando esas flores castigadas por los enamorados. También me detuve a observar las perfectas proporciones de los árboles que se erguían ante mí, árboles que se acompañaban y acariciaban rozando sus finas ramas, mientras sus hojas danzaban con el leve soplo del viento.

Ante tan apacible espectáculo mi cuerpo se relajó y se impregnó del color que a su alrededor hacía que todo rebosara de vida. Mi ropa se bañó del azul del cielo y del amarillo de las flores, mi piel se coloreó del marrón claro de la arena que se agrupaba en las orillas del río, mi boca se pintó con el color de las rosas y los tulipanes, mi cabello se enlazó con la brisa y ella le ofrendó pinceladas de madera joven, mis ojos se tiñeron del verde profundo que se desplegaba en la mayor parte del paisaje. Entonces, recostada en la hierba, fui parte de ese todo y dejé de setirme sóla. Todo mi ser percibía esa sensación indescriptible que se experimenta cuando te sientes amado y allí, acurrucada en ese entorno lleno de paz, me sentí llena de color por dentro. En mi interior brillaban, aún con mayor intensidad, los colores. Entonces sonreí.

Pero inevitablemente mi visita llegaba a su fín y debía regresar a la selva de concreto, asi que tomé una bocanada de aire puro y emprendí mi regreso. Ahora ya no era gris, estaba llena de color. A mi paso la gente me observaba extrañada, no me reconicían cuando me miraban porque era distinta de ellos, ya todos habían olvidado qué es el color. Pero yo no me entristecía porque en el parque había recordado que, aunque los demás lo olvidaran, todos formamos parte de un todo, y, por eso, no estamos solos.

Hoy, despues de dos semanas, comienzo a notar mis dedos opacos, así que me despido de vosotros. Con su permiso (o sin él) me retiro, voy a llenarme de color al parque.

Colores

© Agatha. (2007)

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