Amanecer contigo

Viernes.

No sé como comenzar a escribir, sólo tengo deseos de hacerlo y no encuentro la frase que dé comienzo a esta historia que hoy quiero plasmar en el papel, será porque apenas ahora comienzo a creer que no estoy soñando.

Mis pies vuelven a pisar los caminos angostos que una vez recorrí, cuando nosotros, niños aún, sólo los veíamos como una cosa entre todas las que formaban un pueblo cualquiera. Todos los caminos eran iguales, todas las cosas eran un juguete con el que pasábamos horas divirtiéndonos. Sin embargo, este pueblo siempre significó algo más para mi. Sin saberlo, sus casas, sus caminos y sobre todo su gente calaron hondo en mis recuerdos y siempre me hicieron esperar un regreso, siempre me hicieron desear volver.

Lo que antes no parecía significar nada, ahora me sorprende por todo lo que me transmite, sin necesidad de palabras ni de extensas explicaciones, a veces sólo un tibio rumor del viento o una suave caricia del sol estremecen mi piel y arrancan de mis labios una sonrisa tranquila y relajada. Cada piedra del camino me conduce por una vía, por una ensoñación diferente, casi puedo ver a unos metros de mi a los niños que fuimos jugando y gritando por la plaza, corriendo unos tras los otros inventando una nueva forma de jugar fútbol. Casi puedo ver nuestras sombras juntarse, marcando el preludio de lo que vendría. Ahora siento que el tiempo fue sabio y que siempre supo que el andar de las cosas me llevaría a esto.

Miro al cielo y veo la pureza en las nubes, en mi andar tropiezo con un banco de piedra que no es en realidad eso. Ese banco de piedra fue refugio de mis sueños y de mis secretos. Fue mi cómplice y amigo, fue mi compañero cuando estaba sola, fue mi diario y a él le contaba lo que sentía mientras miraba a ese cielo infinito, que no ha cambiado de color como lo hice yo. Hoy me siento en ese banco y a mis oidos llega un rumor, el rumor de mis palabras de niña llenas de ilusiones, llenas de deseos de regresar y de ser felíz en este lugar tan plácido, donde aprendí como sonaba mi risa y donde conocí tambien el sabor de una lágrima. Aqui supe que las lágrimas de alegría saben distinto que las de tristeza, unas más dulces y las otras más amargas, como los reencuentros y las despedidas.

Desde este lugar puedo ver por completo la plaza, esa que fue testigo de nuestros juegos y de los juegos de todos los niños que aqui crecieron. Aqui, sentada en mi banco, puedo sentir como la alegría de todos esos chiquillos se mete en mi cuerpo, y despierta en mi el deseo de jugar que teníamos de pequeños. Me levanto y atravieso la plaza impregnándome con esa frescura de la niñez, esa que con el pasar de los años se llena de polvo y a veces nos hace olvidar que fuimos felices y que siempre podemos serlo. Me desempolvo un poco y me acerco a la fuente para refrescar aún más esos bellos recuerdos. Mientras avanzo se tropieza conmigo una imágen que me hace sonrojar, roza mi piel una caricia vieja pero llena de cariño, llena de un no se qué que aún no conocía; con el pasar del tiempo descubrí que se llamaba amor. Con una de mis manos toqué esa parte de mi piel que recibió la inesperada caricia, justo arriba de mi codo… pude sentir por un momento el calor que transmitía esa mano, vagabunda y tímida, que me acarició aquella vez.

Luego de una nueva sonrisa llego a la fuente. Agua cristalina y perfecta se desliza por la salida de piedra, un chorro de frescura cae a ese pequeño mar de sensaciones de antaño. Mi mano se acerca al agua y se deja envolver por su fria perfección. Hago lo mismo con la otra mano y llevo un sorbo del puro líquido a mi boca. El contacto del agua con mis labios resucita mi primer beso, húmedo, tibio y temeroso, lleno de ganas y de incertidumbre, ese beso tan inesperado, que surgió de una batalla de agua. Recuerdo que intentabas detenerme y que, tras un leve forcejeo, tus brazos me rodearon para evitar que siguiera mojándote. Recuerdo también el momento en el que las risas cesaron, cuando de pronto nos vimos por primera vez tan cerca el uno del otro. En ese momento me di cuenta de que tu calor me agradaba, de que tu contacto me hacía temblar, de que saberme indefensa ante tu abrazo me coloreaba las mejillas. La fuente fue testigo silenciosa, como nosotros, del momento en el que nuestras miradas se cruzaron y se creó un lazo entre los dos que ya no se rompería. Ella, como tú y yo sentía nuestro nerviosismo mientras te acercabas torpemente a mi, mientras humedecía mis labios sin saber exactamente por qué. Ella, la plaza, las casas, el banco y los caminos del pueblo se desvanecieron por unos minutos, esos minutos en los que nuestros labios se encontraron y con una suave presión se fundieron en eso tan mágico que se llama beso. Aquí, sintiendo el frio contacto de las piedras de la fuente, mis labios arden cuando recuerdo la calidez de tus labios sobre los mios, la tensión de mi cuerpo por los nervios y el temblor de tus manos, que inseguras, subieron de mis brazos hasta mi cuello y estremecieron todos mis sentidos, mientras ese contacto tan simple y tan perfecto se prolongaba por un inolvidable minuto, que para mi fue hora y que deseé fuera eterno.

Me levanto de la fuente y prosigo mi camino, está atardeciendo y comienzan a pintarse de rosa las nubes. En mi caminar me dirijo sin planearlo a un claro pintado de verde, bañado de suave grama. Ahí me siento y me embriago de ocaso. Me empapo de esa danza de colores que bailan por el cielo y poco a poco lo pintan de azúl oscuro. Me dejo llevar y te veo a mi lado hablándome de los muchachos, de las fiestas de la semana y me entretengo con tu conversación, respondo a tus comentarios y disfruto de esa velada fantástica, de esa cita diaria con nuestros ocasos. Primero eras un niño y ahora eres un adolescente. A medida que anochece te vuelves un joven apuesto y lleno de ilusiones. Eramos iguales entonces. Cada vez que partía nos despedíamos allí, cada vez que regresaba me esperabas en ese claro y nuestra conversación fluía como si el tiempo no nos hubiera alejado. Cada vez deseábamos con más fuerza que no existiera un nuevo adiós. Recuerdo que aquella vez pensamos que no lo habría. Nos equivocamos, tuve que marcharme una vez más, pero nuestros caminos seguían atados, nuestras sombras ya se habían unido para no separarse jamás, aunque nosotros no lo sabíamos. Mi mente juega conmigo y me hace verte recostado en mi muslo mirándome y diciendome que volvería y que no nos separaríamos nunca… yo sonreía pero temía que eso que decías nunca se cumpliera. El ocaso siempre acababa y la noche comenzaba su reino y nuestras sombras no exixtían en la oscuridad, ¿Cómo podrían encontrarse entonces?

Miro la hora y emprendo el regreso a casa, ya es tarde y debo descansar, mañana será un largo día. A medida que camino veo como detrás de mi se comienza a formar una tenue sombra. Miro hacia arriba y el cielo se llena de brillantes joyas para iluminar mi camino de regreso. Sonrío una vez más. Paso junto a tu casa y observo tu ventana… sé que estás allí ahora, descansando y esperando la mañana. Dos pasos más y estoy frente a la bodega, testigo y cómplice de la entrega de nuestros cuerpos una improvisada noche, la noche en la que nuestras almas se fundieron en una locas de amor. Desde ese momento mi alma permaneció junto a ti y tu alma me acompañaba en todo momento. Fuimos uno en nuestro abrazo interminable, nuestros cuerpos encajaron perfectamente y la noche nos cobijó en silencio. Esa bodega que para otros era solo un lugar oscuro y vacío, para mi era el refugio de nuestro juramento, era el rincón donde depositamos nuestras últimas esperanzas, donde callados gritamos al infinito que nunca nos separaríamos.

Llego a casa y me dispongo a dormir, ya todos se acostaron. Esa vieja casa te recibió la última noche que dormí en ella y nos cobijó en nuestra última charla antes de partir. Pensé que nunca volvería. Pero hoy veo esas paredes y sólo sentir su tacto me hace notar nuevamente que no estoy soñando y que finalmente regresé. Hace seis meses que llegué aqui y apenas ahora me doy cuenta de que no es un sueño, apenas ahora, envuelta entre las sábanas me doy cuenta de que mañana mi grito será escuchado.

Sábado.

Aún no es de día, aún nadie ha salido de su habitación, todos en casa duermen, menos yo. Se supone que no debo salir… dicen que es de mala suerte, pero ya no me preocupa, la suerte no volverá a ser mala para mi. Me visto con calma, dedico el tiempo justo a cada prenda para que todo encaje, para que cada pieza esté en su lugar. No dejo de pensar en ti mientras me dejo llevar por este ritual. Deslizo mi vestido y lo ajusto y dejo los zapatos para luego, los llevaré en la mano hasta que salga de casa, no quiero despertar nadie. Escribo una nota para que todos sepan que no faltaré a la gran cita.

Salgo de casa y me subo a los zapatos de tacón, una muestra más de que la niña que correteaba por estos caminos ha crecido. Despues de todos estos años y de todas mis vivencias, hoy confirmo nuevamente que mi vida sin tí nunca tuvo sentido, que el habernos extrañado tanto fortaleció nuestros lazos y consolidó lo que pudo ser sólo un amor infantil. Cada vez que regresaba nuestras sombras se aferraban con más fuerza y ahora se niegan a separarse.

A medida que mis pasos me acercan a tu casa veo una sombra que cobra tu forma. Allí estás, esperando por mi. Tu rostro, como el mío reflejan la euforia que nos embarga, nuestra felicidad opaca al sol. Vistes de negro, un traje que está hecho sólo para ti. Esperas con las manos en los bolsillos y esa apariencia misteriosa que tanto me gusta. No olvidaste nuestra cita, nuestro momento ha llegado. Tomas mi mano y nos dirigimos a nuestro claro aún en medio de la oscuridad. Al llegar, abrazados, vemos como el cielo comienza a teñirse de naranjas.

Allí, en nuestro rincón secreto, uno frente al otro, tú de negro y yo de blanco, nos juramos amor eterno, ese que una y mil veces defendimos de las burlas de la gente, ese amor que en muchas ocasiones creímos imposible. Sin importar los años que pasábamos lejos, cada vez que nuestras miradas se cruzaban sentíamos que nada cambiaba entre nosotros, nuestro amor creció como crecieron nuestros cuerpos, nuestros sueños y nuestras ansias de alcanzarlos juntos. Nuestras vidas permanecían unidas por ese lazo invisible que nuestras sombras sellaron hace más de quince años.

Sin necesidad de más palabras que un te amo, un profundo y largo beso, esta vez seguro y arrollador, capaz de atravesar cualquier dificultad con tal de llegar a su destino, nos une definitivamente mientras el amanecer sella nuestro juramento. Nunca más el ocaso nos arrebatará la posibilidad de sentirnos cerca, de estar piel con piel. El amanecer nos abre las puertas de nuestra nueva vida juntos, esa en la que el sol permanecerá en lo alto para mantener unidas tu sombra y la mia. Abrazados, nos quedamos en ese claro disfrutando en silencio de nuestra compañía, esperando la hora justa para hacer nuestra aparición ante el mundo como lo que somos, uno.

Tras las puertas de la iglesia todos los invitados deben esperan ansiosos, se preguntarán que esta pasando, por que no estamos allí, por qué desaparecimos justamente hoy sin más aviso que una nota. Cuando escucharon ruido tras ellos voltearon y sus miradas mostraron la sorpresa al vernos entrar juntos a la iglesia, camino al altar, acompañados por la marcha nupcial que comenzaba a sonar. No podía ser de otra forma, nosotros no eramos dos seres, nunca lo fuimos. Nadie tenía que entregarme en tus manos porque ya era tuya y tú eras mío y por eso estábamos allí, en frente del altar, para hacer finalmente público ese juramento de amor que desde niños, desde ese primer beso, mantuvimos en secreto.

©Agatha. (2005)

Amanecer

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4 pensamientos en “Amanecer contigo

  1. Un auténtica delicia haber llegado a este blog y a este texto

    🙂

    precioso

    escribes muy bien 🙂

    un besote

    te agrego a mi blogroll

  2. Muchísimas gracias por tus palabras, el placer es mío de sentir que mis palabras pueden hacer pasar un rato agradable a otra persona.

    Un besote para ti también. 😀

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