Adiós

“…Si pudiera cerrar los ojos y dejarme caer al viento sin detenerme por el miedo, te diría lo que siento, todo lo que sueño, pero el miedo paraliza a mi corazón herido y no me deja liberarme y dejarme llevar.

Las olas de mi marea no parecen llevarme a ningún lado pero yo siempre intento navegar hacia el norte, tratando de mantener mi vista en la tierra que está por acercarse. Una tierra llena de frutas y esperanzas, una tierra donde construiré mi nuevo hogar, poco a poco. Recogeré los maderos esparcidos, las ramas y las hojas que el otoño ha secado para crear una nueva vida con ellas, vida que les fue negada anteriormente. Levantaré las paredes que me protegerán del frío y un techo de palma tejida que me resguardará de la lluvia.

Hay tantas cosas que hacer en esta isla abandonada a la que me trajo la brisa que no se por donde empezar, hay tantas cosas nuevas por conocer. Cuando mi casa este terminada y ya no tenga que dormir a la intemperie podré empezar a llenar la despensa de frutas y sembraré un pequeño jardín que en unos meses se verá desbordado de flores y de deliciosos aromas. Aprenderé a pescar para alimentar al alma que hambrienta espera una sonrisa en medio de esta esplendida soledad, donde nadie molesta, donde todo esta en orden.

Pero el orden se vuelve insoportable, monótono, aburrido. ¿a quién ofreceré una parte de mi hogar? ¿quién me dirá que el almuerzo sabe bien? ¿cuándo llegará a mi orilla un náufrago? un náufrago al que pueda atender, un náufrago que sonría agradecido cuando un sorbo de agua dulce llegue a sus labios y refresque su garganta, cuando una fruta desconocida endulce su corazón acongojado y lo prepare para dejarse llevar por la corriente y simplemente cierre los ojos, seguro de que nunca más estará solo, de que ya no tiene por qué irse…”

Ahora abro los ojos, te veo frente a mi y me pregunto: ¿acaso tú eres ese náufrago que espero? Deseo romper esa barrera que me separa de mi misma y me aísla de los demás, pero el miedo, vagabundo que deambula por mi mente, me impide pronunciar palabras que me acerquen más a ti.

Mientras me observas tiemblo, intento descubrir el más mínimo gesto de cariño que puedas regalarme, son esos gestos los cuadros que adornan mi cabaña. Tu sonrisa es la cama sobre la que descanso, pero es muy grande para mi sola, cada noche se vuelve fría e infinita. Fría porque le falta el abrigo de tus caricias, infinita como la eterna espera por un beso tuyo. ¿qué estarás pensando ahora? No puedo adivinarlo, ¿qué piensas cada vez que me miras así? Esa mirada café me desconcierta, a veces es tan cálida y a veces tan esquiva, ¿qué puedo pensar? Quisiera tener las fuerzas para preguntarte pero nuevamente el miedo me impide reaccionar, miedo a que tu respuesta no sea la que deseo escuchar, así que me limito a mirarte mientras hablas.

Tu voz es la brisa que refresca cada rincón de mi cabaña, dulce y melodiosa. A medida que pasa deja en mis oídos tus palabras que quisiera sentir mías, pero que no son más que frases vacías y sin sentimiento, frases que yo contesto intentando maquillar las oraciones de gris, a veces pienso en decirte algo que despierte tu atención, algo que te deje pensando, pero cuando logro superar parte de este miedo que me enferma recuerdo que estoy frente a este maldito mostrador que me obliga a mantener las apariencias. Estás tan cerca de mi, y aún así no puedo decir nada. Cada día se me hace más difícil callar esto, cada día peleo más conmigo misma y me sumo en el silencio de mis pensamientos cuando menos lo espero, tanto así que a veces te das cuenta. Preguntas: “¿Estás bien?”. ¡No! ¡No estoy bien! estoy ahogándome con este amor que inundó mi casa, mi alma, mi corazón. Siento que se me escapa de las manos este sentimiento y tu allí frente a mi preguntando si tienes correspondencia. ¡Maldita sea! ¿cómo voy a estar bien? Si en realidad lo que deseo es que me invites a salir después del trabajo, que me digas que me veo bien, que me veas a los ojos y se ilumine tu mirada, ¿acaso no te das cuenta de lo que siento por ti? Pero me preguntas si estoy bien y lo único que atino a decirte es: “si Alberto, estoy bien, gracias por preguntar” Que ridícula me siento.

Me cansé de esta situación, definitivamente me declaro incapaz de decirte nada, no puedo seguir aquí, la casa que había empezado a construir es demasiado grande para mi, empieza a desmoronarse, empiezo a sentir los efectos de ese derrumbe. Lo mejor será no verte más. Ya tomé una decisión al respecto, hoy redacto mi carta de renuncia y me largo, ya tengo otra propuesta de trabajo así que por eso no tendré problema, aunque me duele dejar esto que conozco. Como sea, creo que será lo mejor, ya no soporto esta situación de tenerte a dos metros de mi y no poder ni siquiera tocarte… si al menos me vieras como una amiga no me sentiría tan mal, pero que podrías ver en mi más que a la compañera de trabajo sosa que nunca sale de copas con los demás y que mata el tiempo leyendo libritos aburridos. A veces pienso que es mi culpa que las cosas sean así.

Ya pasó una semana desde que la carta de renuncia llegó a manos de mi jefe, hoy me voy y no lo has notado, ni siquiera me has saludado como los otros días. En fin… termino de recoger un par de cosas y me largo. Pienso en que no te volveré a ver y un escalofrío me recorre. Cuatro años hace ya que te conozco, dos años desde que empecé a construir mi cabaña, desde que comencé a quererte… que duro es dar este paso, pero ya no hay vuelta atrás, seguro ni siquiera notarás mi ausencia, espero que te vaya bien y que encuentres una playa donde naufragar, una cabaña donde vivir, la mía se debilita con cada ráfaga de viento que la azota.

©Agatha (2005)

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